Archivo paraAgosto, 2006

¿Y los riesgos de embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios?

Embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios tiene unos riesgos evidentes: los mismos que corren las personas que comprometen y entregan su vida por amor.

Vocación y libertad. Algunas ideas para la propia reflexión:

- El sentido de la vida, de mi vida, es servir a Dios.

- Por tanto, el verdadero éxito de mi vida no es cumplir el objetivo que yo me proponga sino descubrir y poner los medios para que se haga en mi vida la Voluntad de Dios para mí.

- Dios quiere que me entregue a su servicio libremente –nadie puede decidir por mí— , por amor, sin coacción interna ni externa de ningún tipo.

- Puedo equivocarme, acertar, elegir el bien o el mal. Es el claroscuro de la libertad.

- Dios no me impone su proyecto para mi vida. Me lo propone de una forma y un modo que no son nunca excesivamente claros y evidentes. Dios habla en penumbra, para respetar mi libertad.

- Dios quiere contar conmigo: para eso me ha dado unas virtudes, unos talentos, de los que quiere servirse; y junto con esas virtudes, unos defectos, de los que quiere servirse también, para darle gloria (de diversos modos: aceptándolos, procurando mejorar, etc.. ) Es decir, Dios cuenta con mis virtudes y defectos, con el libre ejercicio de mi libertad.

Toda verdadera respuesta a la llamada de Dios es una respuesta libre, y tiene que asumir la incertidumbre y el riesgo que se da en todas las decisiones humanas.

Esa respuesta exige responsabilidad, madurez y conciencia clara del alcance de los compromisos que se asumen con plena libertad.

Pero, si Dios quiere que sea santo… ¿soy verdaderamente libre?
Sí; recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1742: La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo exterior.

Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Al decir que sí al Señor hay que ser consciente de lo que se hace: se está ejercitando responsablemente la propialibertad, por amor.

(tomado de Con el Papa)

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¿Cómo y cuándo llama Dios?

Dios llama (a la fe, a la entrega a Dios, a un camino determinado) cómo quiere y cuándo quiere.

En algunos casos da una gracia especialísima (las conversiones, como san Pablo), pero habitualmente se sirve de medios cotidianos (un rato de oración, una conversación con un amigo, una lectura, etc.)

Dios llama con especial fuerza durante la juventud, en los mismos años en los que los hombres toman las grandes determinaciones de su vida (orientación profesional, elección de carrera, de estado, etc.)

Lectura: La vida a una carta: no esperar a ser mayores para ser santos.

(tomado de Con el Papa)

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¡Si Dios me dijera claramente lo que debo hacer!

Dios se manifiesta habitualmente como un Dios escondido. No suele ser del todo claro porque quiere que corramos siempre el riesgo de la libertad en el discernimiento de nuestra vocación. Quiere que respondamos que sí por amor, no porque no tenemos más remedio.
Dios no se nos impone: no fuerza nuestra voluntad, ni nuestra cabeza. Dios es Amor y se esconde, por amor, respetando nuestra libertad y dándonos siempre toda la gracia necesaria para corresponder.

(tomado de Con el Papa)

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Confusiones sobre la vocación

Confusión: Hablar de clases de santidad. Hay una única Santidad, porque hay un único Modelo yun único Camino que conduce a la Plenitud del Amor: Cristo (Camino, Verdad y Vida).
—Cada persona debe recorrer ese único camino de santidad por el camino particular por donde Dios le llame: sacerdote, laico, etc.

Confusión: Considerar la vocación como un añadido a la propia vida.
—No; la elección divina de cada hombre es anterior a su existencia: Dios llama antes de la constitución del mundo.

- la vocación es la que me configura y me constituye como persona; es la clave más profunda de mi identidad. Es mi razón de existir.

Confusión: Reducir la vocación a una simple lucha, a un mero empeño personal, a un ejercicio de la propia voluntad.
—La vocación requiere poner lucha ascética para vivir las virtudes humanas y cristianas. Eso exige un esfuerzo por parte de mi voluntad, pero la lucha ascética no consiste sólo en poner esfuerzo, sino en dejar que Dios obre en nosotros: lo contrario sería voluntarismo (vid Glosario)

—Se trata de amar a Dios con toda el alma, y a los demás por Dios.

Confusión: Pensar que vivir una vocación es recorrer “un camino de rosas”.
—Habrá siempre rosas y espinas en el seguimiento de Cristo como las hay en cualquier camino humano. “El que quiera seguirme coja su cruz y sígame”, dijo el Señor.

(tomado de Con el Papa)

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¿Qué no es la vocación?

Se han dado entre los cristianos, a lo largo de los siglos, algunas confusiones -que aún perviven- sobre el verdadero sentido de la vocación cristiana.
Algunas confusiones frecuentes:

Confusión: plantear la búsqueda de la vocación de forma angustiosa, o como una búsqueda a ciegas.

Buscar la vocación no es un empeño angustioso por encontrar, a contra reloj, una llave única torneada de antemano por Dios de un modo rígido.

Explica García Morato en su libro Elegidos para amar que la respuesta a la llamada de Dios no suele consistir en la mera aceptación de un previo designio divino cognoscible de un modo claro y unívoco, que no deja lugar a ninguna duda (cosa que, por otra parte, se da en muy pocas ocasiones, pues exigiría una revelación personal a cada criatura); ni es tampoco una búsqueda a ciegas, en la que la iniciativa personal no cuente para nada.

Por decirlo con un ejemplo, no se parece en nada al empeño angustioso por encontrar -y a demás, contra reloj- una especie de llave única que ya está torneada de antemano por Dios, de un modo rígido y sin la colaboración de cada una y de cad uno, para que encaje en la cerradura de nuestra vida.

… mas bien se trata de entender que mi libertad personal, las decisiones que voy tomando honradamente y con generosidad, procurando acertar, contribuyen
-de un modo misterioso, pero no por ello menos real- a configurar mi vocacón personal.

Se trata de un punto clave y, a la vez, una orientación lleba de serenidad ante la inevitable urgencia de conocer y responder a cualquier llamada divina.

Porque a una persona que desea hacer la voluntad de Dios, le puede resultar angustioso pensar en la posibilidad de dejarla pasar en un momento determinado, a pesar de haber puesto subjetivamente los medios para “escuchar”.

Sn duda quien no escucha porque no pone los medios -”no hay peor sordo que el que no quiere oir”, dice el refrán-, comenzaría a partir de ese momento por adentrarse en un camino erróneo -o, cuanto menos, desacertado-; un camino que no tendría que ser necesariamente malo, ni contrario a Dios; más aún, que incluso le podría dar muchas satisfacciones, sin duda; pero que no le podrá hacer feliz de verdad.

Pero a quien se empeña por escuchar y, a la vez, va descubriendo el papel de la libertad en la respuesta y la configuración posterior de la propia vocación, le da, sin duda, tranquilidad.

No esa tranquilidad momentánea de quien no se enfrenta con la llamada, sino la paz y la serenidad que da el pensar: Aquí estoy, yo te escucho, e iremos configurando la vida poco a poco, marcando Tú el ritmo.

Y si no se resuelve de inmediato, ya se irá perfilando con el tiempo, mientras se mantenga esa actitud interior de urgencia sobrenatural. Es como si Dios dijera: Reza, vete tomando decisiones… , y ten por seguro que eso te va acercando a la meta, porque hará que llegue el momento en que se identifiquen nuestras dos voluntades.

De este modo, cuando todos los acontecimientos paracen confluir en una misma direccción, se avanza por ese camino confiando en la Providencia amorosa de Dios sin exigir ni pretender una seguridad tal que haría casi imposible dar un solo paso.

Esta actitud es precisamente la que permite arriesgar, con uns seguridad intuitiva que da Dios y que aparece muchas veces como locura incluso a los ojos humanos bienintencionados.

Confusión: Pensar que la llamada de Dios va dirigida a unos pocos, unos cuantos privilegiados.
—Los primeros cristianos tenían una conciencia clara de la llamada universal (es decir, general, dirigida a todos) a la santidad que se lee en el Evangelio: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mateo, 5, 48; Lucas, 19,2).

(tomado de Con el Papa)

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¿Qué significa: "Dios me ha dado una vocación"?

¿Qué significa la expresión: Dios me ha dado una vocación?

Esa expresión significa que Dios, al darme una vocación, comoa todo hombre, me concede la gracia necesaria y conveniente para llevarla a cabo, para cumplir su Voluntad: para aceptar y encarnar en mi vida la vocación que me ha dado, -mi vocación- por grandioso e inalcanzable que me pueda parecer ese panorama vocacional desde mi pequeña perspectiva, como le sucede a una persona que contempla un paisaje extraordinario.

Y significa que al darme una vocación, Dios me confía una misión concreta, irrepetible (una tarea de apostolado y de corredención, de ayudar a salvar a unas almas determinadas, con nombres y apellidos) que yo debo realizar durante mi vida, una vida cuya duración sólo el conoce.

Escribe García Morato en Creados por amor, elegidos para amar:

“El plan eterno de Dios, antes de crearnos, engloba todas las facetas, etapas y circunstancias de nuestra existencia, aunque nosotros lo vayamos realizando paulatinamente; y al crearnos, nos da las capacidades necesarias para llevar a cabo la misión para la que nos da la vida.

“Podemos decir -enseña Juan Pablo II- que Dios primero elige al hombre, en el Hijo eterno y consustancial, a participar de la filiación divina, y sólo después quiere la creación, quiere el mundo”. (…)

A cada uno nos toca descubrir la llamada personal de Dios, porque esa es la determinación personal de nuestra vocación bautismal”.

Evangelio de San Mateo:

[18] Mientras caminaba junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón el llamado Pedro y Andrés su hermano, que echaban la red al mar, pues eran pescadores. Y les dijo: [19] Seguidme y os haré pescadores de hombres. [20]

Ellos, al instante, dejaron las redes y le siguieron.

[21] Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. [22]

Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.

(tomado de Con el Papa)

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Dios nos llama una a una, uno a uno, personalmente, por nuestro nombre

Dios no nos llama a granel, sino de un modo personalizado: desea que seamos todos santos –felices en esta tierra y en el Cielo, unidos a la Cruz de Cristo- recorriendo el camino irrepetible de cada una, de cada uno .

La vocación, por tanto, es al mismo tiempo comunitaria (todos tenemos vocación) y personal (yo tengo mi vocación, una vocación singular).

No hay ninguna existencia dejada al azar, olvidada o sometida a un destino ciego.

Todos —bautizados o no— somos enviados por Dios. Todos tenemos una misión específica en la tarea de la Corredención.
Cada persona es un misterio único de amor y de vocación:

“Todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío” (Catecismo de la Iglesia Católica, 864).

Dios propone un plan a cada hombre, pero no se lo impone: la libertad del hombre, al aceptar el plan divino, se conjuga misteriosamente con la gracia de Dios. De ese modo, el hombre acaba fortaleciendo y configurando su propia vocación:
“Hermanos, poned el mayor esmero en fortalecer vuestra vocación y elección” (2 Pedro, 1.10).

(tomado de Con el Papa)

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La vocación: nuestro nombre

Comenta García Morato en su libro Creados por amor, elegidos para amar, la frase bíblica: Te he llamado por tu nombre”, que alude a la vocación y misión concreta que Dios nos confía. Al llamarnos por nuestro nombre Dios nos invita a una vida única, singular, irrepetible.

“Para quien tiene fe -escribe este autor- el sentido de la existencia no es una especie de acertijo kafkiano: la revelación cristiana afirma que ese nombre se puede conocer en esta vida y esforzarse por realizar, si libremente se desea: “al vencedor le daré también una piedrecita blanca, y escrito en esa piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe” (…),

La cuestión es que el nombre verdadero sólo nos lo puede dar quien nos conozca en plenitud. Por eso sólo Dios nos puede poner el nombre, porque sólo Él nos ama plenamente: ese nombre expresa lo que somos.

Y no podemos olvidar que , para conocerlo, es necesario oirlo, escucharlo una y otra vez, y preguntarlo si es preciso.

Del mismo modo que hemos aprendido nuestro propio nombre de pila oyendo desde la cuna como otros nos nombraban, y nuestros apellidos -incluso remontándonos a varias generaciones- preguntando a nuestros padres, podemos conocer el nombre que Dios nos da si nos decidimos a creer en Él, a preguntarle, fiándonos del amor conque nos nombra, y a escuchar.

Lo expresa magníficamente Ernestina de Champourcin en uno de sus poemas, cuando dice:

No sé como me llamo…
Tú lo sabes Señor.
Tú conoces el nombre
que hay en tu corazón
y es solamente mío;
el nombre que tu amor
me dará para siempre
si respondo a tu vos.
Pronuncia esa palabra
de júbilo o dolor…
¡Llámame por el nombre
que me diste, Señor!

Pero como nada humano es realizable sin la libertad personal, no se trata simplemente de un nombre impuesto: es un nombre dado (donado) que, a la vez, ha de llegar a ser expresión de la identidad que hayamos realizado, tratando de vivir la verdad de nuestra existencia.

Dios nos da el nombre como identidad y como meta: no cabe, por decirlo así- que nos “obligue” a llamarnos “así”.

Sin duda ese nombre es lo que nos define, pero la definición de la persona es siempre autodefinición.

Nos vamos definiendo en la medida en que descubrimos y nos empeñamos en realizar el plan divino PARA Y POR EL QUE fuimos creados.

Pues Dios primero piensa en nuestra vida como misión y luego nos otorga las cualidades necesarias para llevarlas a cabo.

(tomado de Con el Papa)

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¿Qué es la vocación?

La vocación es una luz que se enciende en la vida para iluminarla por entero: es una gracia, una iniciativa y una elección de Dios

La vocación lleva a una misión: corredimir con Cristo, llevar la Buena Noticia del Evangelio, a todos los hombres; acercar a todos los hombres a la plenitud del Amor y la Belleza; a la máxima felicidad, que es la unión con Dios.

Concepto:

Se entiende por vocación (del latín vocare, llamar) la llamada de Dios para realizar una tarea que abarca la vida entera.
La vocación según el Catecismo de la Iglesia Católica

Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros, desde su Encarnación “por nosotros los hombres y por nuestra salvación” hasta su muerte “por nuestros pecados” (1 Co 15, 3) y en su Resurrección para nuestra justificación (Rom 4,25). Catecismo de la Iglesia Católica, 519.

Cristo nos invita a seguirle y nos da ejemplo de entrega libre a la voluntad de Dios

Durante toda su vida, Jesús se muestra como nuestro modelo (cf. Rm 15,5; Flp 2, 5):

- Él es el “hombre perfecto” (GS 3 8) que nos invita a ser sus discípulos y a seguirle:

- con su anonadamiento, nos ha dado un ejemplo que imitar (cf. Jn 13, 15);

- con su oración atrae a la oración (cf. Lc 11, 1);

- con su pobreza, llama a aceptar libremente la privación y las persecuciones (cf. Mt 5, 11-12). Catecismo de la IglesiaCatólica, 520

(tomado de Con el Papa)

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Hay que defender la fidelidad frente a…

El hombre viejo, que le presenta al hombre el ejercicio de la fidelidad como una carga insoportable: “soy incapaz de consumir mi vida cuidando a un enfermo crónico”.

El hombre nuevo –renovado en Cristo- le hace ver que ese ejercicio cotidiano es un compromiso de amor: “con la gracia de Dios y por amor a Cristo entregaré mi vida entera, por amor, al cuidado de este enfermo, al que debo amar por fidelidad humana y espiritual”.

Esos dos hombres pugnan en el corazón humano, herido por el pecado.

Hay que defender la fidelidad frente al influjo de las amistades que apartan de Cristo. Ese impacto negativo resulta particularmente fuerte durante la juventud. De ahí nace la importancia de tener en una sociedad pagana como la actual, entre los amigos, muchos amigos cristianos o no cristianos que busquen a Dios con sincero corazón.

Hay que defender la fidelidad frente la falsa “fidelidad a uno mismo”. Ser fiel a uno mismo significa, para un cristiano, ser fiel al proyecto de Dios para cada uno y el compromiso con Dios que libremente se ha contraído. Abraham fue llamado hombre fiel porque –fiel a sí mismo- estuvo dispuesto a cumplir en todo momento la Voluntad de Dios.

No se puede invocar “la fidelidad a uno mismo” para realizar la ruptura de un compromiso grave con Dios o con los demás.

Entonces esa “fidelidad a uno mismo” se convierte en una palabra-coartada para hacer lo que se desea sin trabas morales de ningún tipo: Abandono a mi mujer y a mis hijos para ser fiel a mí mismo, porque me he enamorado de otra mujer…

Es necesario entender bien la libertad para evitar falsos conflictos entre libertad y fidelidad. El que adquiere unos compromisos con Dios o con los hombres, libremente se impone el deber de cumplir las obligaciones que libremente asumió.

Comprometerse y ser fiel a los compromisos, siempre que sean buenos, no limita la libertad del hombre: suponen el ejercicio de la libertad. La esencia de la libertad es la posibilidad de elegir entre el bien y el mal.

Toda decisión o compromiso prudente de realizar algo bueno es un acto de libertad.

Hay que defender la fidelidad frente a los intereses ideológicos de determinados grupos de presión, lobbys, medios de comunicación, editoriales, instancias educativas, etc., que defienden contravalores como la infidelidad,

- difundiendo y ensalzando como positivos comportamientos infieles,

- intentando esos comportamientos que se acepten socialmente como comportamientos normales,

- ridiculizando la figura de las personas fieles en diversos medios (series televisivas, películas, novelas.) donde no aparecen o demonizándolas (son anticuadas, retrógradas, etc.).

(tomado de Con el Papa)

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