Don José Miguel Ibáñez Langlois nació en Santiago de Chile en 1936. Fue ordenado sacerdote en 1960. Es Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Filosofía por la Universidad Lateranense de Roma. Ha sido miembro de la Comisión Teológica Internacional. Actualmente ejerce de capellán y de profesor de Teología Moral en la Universidad de los Andes (Chile).
-Usted conoció personalmente a San Josemaría. ¿Cómo fue ese primer encuentro?
-A lo largo de la vida he conocido personas fuertes, personas tiernas, personas profundas, personas divertidas, personas enérgicas, personas mansas, personas sabias, personas simpáticas, personas serias, personas chistosas, intelectuales, gentes sencillas, hombres de acción… Pero conocer de repente a una persona que fuera todas esas cosas al mismo tiempo, y en una forma radicalmente integrada, y que lo fuera visiblemente en torno a un centro llamado Cristo: eso fue para mí conocer a Josemaría Escrivá de Balaguer.
-¿Qué sintió usted cuando el Fundador del Opus Dei fue canonizado en 2002?
-Fue una de las alegrías más grandes de mi vida. Como en la ceremonia yo estaba muy cerca del altar y del Papa, no podía ponerme a cantar ni a bailar ni a dar brincos de puro gozo, pero lo habría hecho con gusto, y lo hice por dentro mientras el corazón me bailaba. Porque se trataba de la persona que yo más he querido, y la que más me ha querido, junto con mis consanguíneos. Y porque una cosa es estar absolutamente seguro de su santidad heroica por conocimiento directo, y otra cosa muy distinta es oírlo proclamar en San Pedro a la Iglesia universal y al mundo, por un juicio solemne e infalible en la voz del queridísimo Papa Juan Pablo II.
-Del mensaje de San Josemaría ¿qué fue lo que más le impactó?
Lo que a tantísima gente. Porque hacia 1954, con una buena educación católica, yo pensaba lo que todo el mundo por entonces: que para una entrega completa a Dios, había que ser sacerdote o religioso. Pero jamás había oído algo tan evangélico, tan viejo y nuevo como esto: que todos los bautizados (por lo tanto, yo) estábamos llamados con vocación divina a la santidad y al apostolado, en medio del mundo, cada uno en su sitio, en su propia condición y oficio, santificando su trabajo ordinario. Sí, llamados a la santidad, a la plenitud de la vida divina, a la vida contemplativa (nuestra celda es la calle, decía San Josemaría, en todas las encrucijadas de la tierra, para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Ese ideal fascinante produjo en mi vida un vuelco grande, un giro de 180 grados.
-Usted fue uno de los primeros chilenos en pedir la admisión en el Opus Dei ¿Cómo conoció la Obra?
-A través de un alumno que estudiaba derecho e ingeniería comercial en la Universidad Católica. Aunque yo estudiaba allí ingeniería civil y filosofía, a comienzos de 1954 coincidimos en una actividad cultural de esa universidad. Me impresionó mucho que él –José Enrique Diez, luego una figura muy conocida en el mundo de los negocios, y muerto hace unos años con fama de santidad- se hubiera venido tres años antes a Chile, casi saliendo del colegio en España, con tres o cuatro más, a empezar la labor apostólica del Opus Dei en Chile. Él me dio a conocer la Obra, con sus palabras y con su vida. También conocí a los otros tres, y al cabo de unos meses sentí la llamada a ser yo mismo del Opus Dei. La gracia de Dios hacía de las suyas en aquella casona vieja de Alameda abajo. Hoy miro alrededor y veo cómo se han cumplido todos los sueños de aquellos pioneros, que parecían unos soñadores locos, en la huella de San Josemaría al fundar la Obra, solo, sin medios, contra viento y marea.
-¿Cuál es el rasgo humano de San Josemaría que usted destacaría? ¿Nos puede contar alguna anécdota?
-Destacaría su sentido del humor. ¿Anécdotas? Apenas llevaba yo unos días en Roma, cuando nos llevó a un pequeño grupo a mostrarnos una parte de la sede central del Opus Dei que estaba en construcción. Indicando una torre o torreta de aspecto antiguo, nos informó que pensaba echarla abajo para aprovechar mejor el terreno, y nos preguntó qué nos parecía la idea. Todos a una afirmamos que era buena idea, que la torre debía eliminarse. Entonces, con cara de risa pero también de fingido reproche, nos dijo algo así: ¡Bandidos, sinvergüenzas, queréis echar abajo esa preciosa torre que acabamos de construir, con su estilo romano intemporal! Fuimos los primeros en reírnos a carcajadas de nosotros mismos por haber pisado el palito.



