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Crecer espiritualmente

¿En qué me ha ayudado el Opus Dei? 

Saber que puedo ser yo, crecer espiritualmente, a hacer apostolado dentro de mi propio hogar.
A empezar a conocer a fondo la doctrina católica. A empezar a formar a mis hijos, enseñarles a amar a Jesucristo, a su Santísima Madre y Madre nuestra.

En aprender algo nuevo cada día, a saberme amada por Dios, a reconocer mis fallas y decirlas,
a saber que no soy perfecta, pero que puedo santificarme por medio del trabajo en mi hogar,
en el cuidado a mi esposo y mis niños.
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El primer apostolado con los de casa, los de la familia: nuestro marido e hijos. Y para ello, hace falta que nosotras, las madres, apretemos en nuestro con trato con Dios y así, seguro, tendremos un corazón aún más grande para llegar a más y más personas… Hoy intentaba hacer un rato de oración cuando llegué a casa,después de una dura jornada en el hospital: ha estado invadida por múltiples interrupciones de mis hijos, y estoy convencida que incluso éstas son medio de santificación, y por tanto, agradables a Dios.

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Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Las numerosas celebraciones litúrgicas de este mes de septiembre sirven de guía a la carta que el Prelado del Opus Dei dirige a los fieles de la Obra.

04 de septiembre de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como todos los años, a mediados de este mes celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que nos mueve a contemplar llenos de agradecimiento la maravilla de que tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna[1].

El Verbo de Dios se hizo hombre y tomó la condición de siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz[2], para salvarnos. Por eso, «al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida»[3].

Para los hijos de Dios en el Opus Dei, esta fiesta guarda un significado especial, desde que el Señor ilustró a nuestro Padre para que comprendiera más profundamente que estamos llamados a alzar la Cruz de Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas nobles. «Instaurare omnia in Christo, da como lema San Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 1, 10); informar el mundo entero con el espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas. Si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jn 12, 32), cuando sea levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí. Cristo con su Encarnación, con su vida de trabajo en Nazareth, con su predicación y milagros por las tierras de Judea y de Galilea, con su muerte en la Cruz, con su Resurrección, es el centro de la creación, Primogénito y Señor de toda criatura»[4]. Y, para colaborar en la aplicación de la Redención a todas las almas, el Señor nos ha ofrecido también el trabajo profesional, que, con su gracia, hemos de realizar con perfección humana, con espíritu de servicio y rectitud de intención, tratando de convertirlo en oración.

Del sacrificio de Cristo brotan todas las gracias que Dios dispensa a los hombres. Por eso, no cabe poseer la vida sobrenatural, participar en la misión redentora de Jesús, si no nos unimos afectiva y efectivamente a la Santa Cruz: en primer lugar, viviendo lo mejor posible la Misa, donde nos encontramos de modo sacramental, pero realmente, ante el divino Sacrificio del Calvario; que, además, nos impulsa a recibir con alegría las contrariedades y penas de nuestro caminar terreno; más aún, a buscar activamente la mortificación y la penitencia voluntarias, en las pequeñas cosas de cada jornada. «¡Qué dicha tener la Cruz! —exclamaba un Padre de la Iglesia—. Quien posee la Cruz posee un tesoro»[5]. Pero constituiría un error serio confundir la Cruz con la tristeza, con la resignación, con un panorama lúgubre, porque es todo lo contrario: nos trae y nos lleva a la felicidad que está en Cristo, y en Cristo crucificado[6].

San Josemaría supo mucho de sacrificio desde que el Señor se metió tempranamente en su alma, preparándole para la misión que había de confiarle: la fundación del Opus Dei. Siempre aceptó los diferentes trances penosos con ánimo agradecido, aunque a veces no los entendiera. Impulsado por el Espíritu Santo, pronto percibió con hondura que la Cruz anuncia —y anunciará siempre— la garantía de la eficacia sobrenatural en la misión apostólica.

«Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. La actitud de un hijo de Dios no es la de quien se resigna a su trágica desventura, es la satisfacción de quien pregusta ya la victoria. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar —lucha de paz— contra el mal, contra la injusticia, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres»[7].

La fecundidad gozosa de la Cruz se pone nuevamente de manifiesto en la conmemoración litúrgica de los Dolores de la Virgen, el día 15. La Iglesia nos invita a contemplar a María junto a su Hijo, que —cosido al Madero por amor— muere por nuestros pecados. La Providencia divina había previsto su presencia en el Gólgota en esa hora, también para que Jesús confiara los hombres a los cuidados de su Madre: Mujer, aquí tienes a tu hijo[8], le dice. Y Ella, en medio de un grandísimo dolor, nos acoge realmente, pues también escucha: aquí tienes a tu Madre[9], cuando el Señor se dirige a Juan. Mientras Jesús moría, nosotros nacíamos a la vida de la gracia, a la existencia nueva de unión con Dios, con la cooperación activa de Nuestra Señora.

Muchos santos y escritores espirituales han puesto de relieve que, si en el nacimiento de Jesús en Belén le fueron ahorrados a Nuestra Señora los dolores de la maternidad física, no sucedió así en el momento de nuestro nacimiento espiritual. «La maternidad universal de María, la “Mujer” de las bodas de Caná y del Calvario, recuerda a Eva, “madre de todos los vivientes” (Gn 3, 20). Sin embargo, mientras ésta había contribuido al ingreso del pecado en el mundo, la nueva Eva, María, coopera en el acontecimiento salvífico de la Redención (…).

»Con miras a esa misión —explicaba el Papa Juan Pablo II—, a la Madre se le pide el sacrificio, para Ella muy doloroso, de aceptar la muerte de su Unigénito (…). Su “sí” a ese proyecto constituye, por consiguiente, una aceptación del sacrificio de Cristo, que Ella generosamente acoge, adhiriéndose a la Voluntad divina. Aunque en el designio de Dios la maternidad de María estaba destinada desde el inicio a extenderse a toda la humanidad, sólo en el Calvario, en virtud del sacrificio de Cristo, se manifiesta en su dimensión universal»[10].

Hijas e hijos míos, nuestra labor de almas dará fruto abundante si —con ánimo sereno y también dichoso— estamos bien unidos a Jesucristo en la Cruz, muy cerca de la Virgen Dolorosa. «La Redención, que quedó consumada cuando Jesús murió en la vergüenza y en la gloria de la Cruz, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles (1 Cor 1, 23), por voluntad de Dios continuará haciéndose hasta que llegue la hora del Señor. No es compatible vivir según el Corazón de Jesucristo, y no sentirse enviado, como Él, peccatores salvos facere (1 Tm 1, 15), para salvar a todos los pecadores, convencidos de que nosotros mismos necesitamos confiar más cada día en la misericordia de Dios. De ahí el deseo vehemente de considerarnos corredentores con Cristo, de salvar con Él a todas las almas, porque somos, queremos ser ipse Christus, el mismo Jesucristo, y Él se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tm 2, 6)»[11].

Éste es el camino que han seguido los discípulos de Jesús desde el comienzo mismo del cristianismo. Apoyados en la fortaleza de la Cruz, dieron a conocer el mensaje de Cristo a las personas con las que se relacionaban, que muchas veces se hallaban muy apartadas de Dios. Así, con la gracia del Señor y con la perseverancia de aquellos primeros, se obró el prodigio de la conversión del mundo pagano.

El día 21 conmemoramos a San Mateo, uno de los primeros Doce, que según la tradición, después de escribir el Evangelio que lleva su nombre, sufrió martirio en Persia. Él mismo había sido destinatario directo del afán de almas del Redentor, que le llamó a seguirle siendo publicano; circunstancia que —para la mayor parte de los israelitas— era sinónimo de pecador público. «Ante estas referencias —comenta Benedicto XVI—, salta a la vista un dato: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, justamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: “No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2, 17). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador»[12].

El ejemplo de Cristo será siempre un acicate para el afán apostólico de todos sus discípulos. También nosotros nos desenvolvemos en el seno de una sociedad en la que, desgraciadamente —lo digo sin tragedia—, muchas personas no saben nada de Dios. Otras caminan por la tierra como si no lo conocieran, lejos de sus mandamientos y de sus enseñanzas. A todos hemos de dirigirnos para acercarlos al Señor. Recuerdo la alegría con que nuestro Fundador acogió las enseñanzas del Concilio Vaticano II, al ver que «tomaba cuerpo con renovada intensidad esa preocupación por llevar la Verdad a los que andan apartados del único Camino, del de Jesús, pues —escribía— me consume el hambre de que se salve la humanidad entera»[13]. Bien podemos afirmar que, en las circunstancias actuales, las fronteras del apostolado ad fidem, tan amado por San Josemaría, se han dilatado extraordinariamente.

En el trato con nuestros compañeros de trabajo, no nos dejaremos arrastrar por ninguna acepción de personas. Como repetía incansablemente San Josemaría, no hay un alma que quede excluida de nuestra caridad. Más aún, hemos de dispensar un trato lleno de cariño a quienes se encuentren más alejados de Dios. «Los enemigos de Cristo —comentaba nuestro Padre en una ocasión— le echan en cara que sea amigo de los pecadores. ¡Claro! ¡Y tú también! Si no, ¿cómo los vamos a convertir?, ¿cómo los vamos a acercar al Médico divino?

»¡Naturalmente que somos amigos de los pecadores! Tú puedes hacer esa labor en tanto en cuanto la amistad con esos hombres no sea un peligro para tu vida interior; siempre que tengas la suficiente temperatura espiritual para levantar la de aquellas personas sin perder la tuya.

»¡Sí!, amigos de los pecadores, amigos de verdad: con vuestra oración, con vuestro trato agradable y sincero, noble, pero evitando que aquello sea un peligro para vuestra alma»[14].

Cada persona con la que coincidimos, por el motivo que sea, ha de suscitar en nosotros verdaderas hambres de apostolado, deseos de ayudar a que se acerque más a Jesucristo. Sobre nosotros grava el deber de contagiar a todos el fuego de amor de Dios que ha de consumirnos. Por eso, al entrar en contacto con alguien, enseguida hemos de preguntarnos: ¿cómo animarle a situarse más cerca de Dios? ¿Qué le puedo sugerir? ¿Qué tema de conversación sé sacar, que le sirva para conocer mejor la doctrina cristiana?

Es lógico este modo de proceder. El Papa Benedicto XVI explica que «quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla»[15]. Así se han comportado los seguidores fieles del Señor en todas las épocas. «Cuando descubrís que algo os ha sido de provecho —predicaba San Gregorio Magno—, procuráis atraer a los demás. Tenéis, pues, que desear que otros os acompañen por los caminos del Señor. Si vais al foro o a los baños, y topáis con alguno que se encuentra desocupado, le invitáis a que os acompañe. Aplicad a lo espiritual esta costumbre terrena y, cuando vayáis a Dios, no lo hagáis solos»[16].

Ya os conté cómo he revivido los días que nuestro Padre pasó en Ecuador, gastándose y gastándose, sin quejarse al no contar con las fuerzas físicas; en Perú, donde trató mucho a Jesús Sacramentado, acudiendo a María y a José; en Brasil, admirando la abigarrada multitud de personas que allí vivían, y que son una esperanza de cosecha para Dios.

Hace unos días, invitado por el Obispo de Torun, en Polonia, he asistido a la intitulación a San Josemaría de una iglesia de aquel lugar y a la colocación de una reliquia de nuestro Padre. Causa mucha alegría ver cómo se extiende por el mundo la devoción a nuestro Fundador, despertando en innumerables almas el deseo de santificarse en la vida ordinaria. Acompañadme en mi acción de gracias.

Y rezad por los hermanos vuestros Agregados a los que impartiré la ordenación presbiteral, en Torreciudad, el próximo día 5 de septiembre. Seguid pidiendo cada día, bien unidos a mis intenciones, por el Papa, por los Obispos y los sacerdotes del mundo entero.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Solingen, 1 de septiembre de 2010.

[1] Jn 3, 16.

[2] Cfr. Flp 2, 8.

[3] Benedicto XVI, Homilía, 14-IX-2008.

[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 105.

[5] San Andrés de Creta, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz (PG 97, 1020).

[6] Cfr. 1 Cor 1, 23.

[7] San Josemaría. Es Cristo que pasa, n. 168.

[8] Jn 19, 26.

[9] Ibid., 27.

[10] Juan Pablo II, Discurso en la audiencia general, 23-IV-1997.

[11] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 121.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 30-VIII-2006.

[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 226.

[14] San Josemaría, Notas de una meditación, 15-IV-1954.

[15] Benedicto XVI, Homilía, 21-VIII-2005.

[16] San Gregorio Magno, Homilías sobre los evangelios 6, 6 (PL 76, 1098).

de opusdei.es

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En un instituto de Móstoles

Lucía Rodríguez, miembro del Opus Dei, profesora de Latín y Griego en un instituto de Móstoles (Madrid), cuenta cómo -además de impartir clases-, realiza labores asistenciales con sus alumnos y cómo reaccionaron sus compañeros de trabajo ante el fallecimiento de su padre.

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Prelatura del Opus Dei

Recogemos unas palabras del actual Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría sobre el significado de la erección del Opus Dei en Prelatura personal de la Iglesia Católica *.

El acto pontificio por el que el 28 de noviembre de 1982 venía erigida la Prelatura del Opus Dei, con bula ejecutada el 19 de marzo de 1983, no era más que la realización de cuanto san Josemaría, acompañado por innumerables personas de todos los ambientes —de modo especial, ya en los primeros tiempos, los pobres y los enfermos — pidió durante tanto tiempo a la Trinidad Beatísima, con el fin de asegurar la eficacia del servicio pastoral y apostólico que el Opus Dei estaba llamado a desempeñar, por querer divino, en la Iglesia. Muy significativamente lo subrayó el Romano Pontífice al comenzar el texto de la Constitución Apostólica con las palabras ut sit (¡que sea!), las mismas que —durante muchos años— elevó a diario el Fundador del Opus Dei, como jaculatoria dirigida a la Virgen Santísima: Domina, ut sit! (¡Señora que sea!)

En los primeros momentos de vida del Opus Dei, san Josemaría no tuvo prisa en recabar, de la autoridad competente, un estatuto jurídico-canónico para la criatura que Dios había hecho germinar en su alma el 2 de octubre de 1928. Desde el primer momento contó, ciertamente, con la bendición del Obispo de Madrid-Alcalá, el inolvidable Mons. Leopoldo Eijo y Garay, a quien nuestro Fundador tenía constantemente informado del desarrollo de la Obra; comprendiendo a la vez, con su fina sensibilidad jurídica, que no existía en la doctrina canónica entonces vigente una vestidura adecuada para el Opus Dei, san Josemaría prefirió esperar, impregnando de oración, de expiación y de trabajo esa necesaria espera.

Muy expresivas de este modo suyo de proceder son unas palabras —entre otras tantas— que pronunció en octubre de 1966, durante una reunión familiar en Roma. Pocos meses antes, el 6 de agosto, el Papa Pablo VI había promulgado el Motu Proprio Ecclesiæ Sanctæ, donde —en aplicación de algunos decretos del Concilio Vaticano II— se precisaba la figura jurídica de las prelaturas personales ad peculiaria opera pastoralia perficienda (para llevar a cabo peculiares obras pastorales) contemplada por los decretos Presbyterorum Ordinis, n. 10, y Ad gentes, n. 20. Mons. Escrivá advertía que «primero viene la vida; luego, la norma». Y añadía, refiriéndose expresamente al iter jurídico del Opus Dei: «yo no me encerré en un rincón a pensar a priori qué ropaje habría que dar al Opus Dei. Cuando nació la criatura, entonces la hemos vestido; como Jesucristo que coepit facere et docere (Act 1, 1), primero hacía y después enseñaba. Nosotros tuvimos el agua, y enseguida trazamos el canal. Ni por un momento pensé abrir una acequia antes de contar con el agua. La vida, en el Opus Dei, ha ido siempre por delante de la forma jurídica. Por eso, la forma jurídica tiene que ser como un traje a la medida» (San Josemaría Escrivá, Palabras en una reunión familiar, 24-X-1966).

Diecisiete años después de que pronunciara estas palabras, ese traje a la medida llegaría, por la misericordia de Dios y con la intercesión de la Virgen Santísima, mediante la promulgación de la Constitución Apostólica Ut sit. Pero ya desde 1935, cuando el desarrollo de la labor apostólica impulsaba a llegar a otras ciudades y países, san Josemaría tenía in mente la convicción de que la solución jurídica adecuada a la realidad eclesial del Opus Dei estaba en la línea de la jurisdicción personal.

Fue largo el iter jurídico: un itinerario que no tuvo más remedio que transcurrir por parajes inexplorados, porque no había camino que fuera plenamente conforme al carisma recibido por el Fundador del Opus Dei. ¡Cuánto le sorprendió el comentario que un alto eclesiástico hizo en Roma, cuando Mons. Álvaro del Portillo llegó en 1946, para acelerar por encargo suyo la aprobación pontificia del Opus Dei! Ustedes han llegado con un siglo de anticipación, se oyó responder don Álvaro. Pero no era posible esperar más. Años después, rememorando esos momentos, san Josemaría escribió: «la Obra aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero, hijas e hijos míos, no podía esperar a que las cosas fueran posibles (…). Había que tentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo» (San Josemaría Escrivá, Carta 25-I-1961, n. 19).

En efecto, como fruto de la actividad sacerdotal de san Josemaría, millares de personas de toda condición y sin cambiar de estado se sentían llamadas por Dios a vivir en toda su radicalidad la vocación cristiana: a buscar la identificación con Jesucristo y a difundir la llamada universal a la santidad y al apostolado entre personas de todas las clases sociales. Y esto con un espíritu específico, el que Dios había comunicado al Fundador del Opus Dei el 2 de octubre de 1928; un espíritu que enseña a buscar a Cristo, a encontrarle, a tratarle y a hacerlo conocer en las circunstancias comunes de la existencia, de modo concreto en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios.

Hoy día ha calado en la conciencia de la Iglesia la convicción de que todos los fieles están igualmente llamados a la perfección de la caridad. Pero, entonces, en los años 30 y 40, las cosas no se entendían así. El mensaje del Fundador del Opus Dei encontraba obstáculos, que hundían sus raíces en la doctrina canónica vigente, reflejo de la mentalidad dominante: estaban aún lejanos los tiempos del Concilio Vaticano II. La sobrenatural intuición de san Josemaría se fundamentaba en la más genuina tradición de la Iglesia, porque estaba contenida en el Evangelio. Venía a decir al fiel corriente, al laico y al sacerdote secular: ahí, en tu sitio, sin salir de tu ambiente, el Señor te llama a vivir con plenitud la vocación cristiana; con tu trabajo profesional, mediante el cumplimiento de tus deberes de estado, estás colaborando a informar con la luz y la savia de Cristo la entera sociedad. Una vida corriente, ofrecida a Dios, siempre da frutos.

El espíritu y el mensaje de san Josemaría son hoy —lo son desde hace años— una realidad viva en el seno de la Iglesia y en la existencia personal de muchos cristianos, que con su esfuerzo por difundirlos y ponerlos en práctica contribuyen a la evangelización constante de la sociedad civil.

Siento el deber filial de manifestar una vez más, en nombre de todos los fieles de la Prelatura y en el mío, el profundo agradecimiento al Santo Padre Juan Pablo II, por su comprensión y sus desvelos de Buen Pastor, que han hecho posible la adecuada solución institucional del Opus Dei.

En esta conmemoración, es lógico que tengamos muy presente también la figura de Mons. Álvaro del Portillo, a quien correspondió la dicha y la responsabilidad —onus et honor— de llevar a feliz conclusión los deseos del Fundador: la consecución del estatuto de prelatura para el Opus Dei, en cuanto figura jurídica especialmente congruente con su carisma y su inspiración originarios. En efecto, como señala el Santo Padre en la Constitución Apostólica Ut sit, «desde que el Concilio ecuménico Vaticano II introdujo en el ordenamiento de la Iglesia (…), la figura de las Prelaturas personales para la realización de peculiares tareas pastorales, se vio con claridad que tal figura se adaptaba perfectamente al Opus Dei», en cuanto «organismo apostólico compuesto de sacerdotes y de laicos, tanto hombres como mujeres, que es al mismo tiempo orgánico e indiviso, es decir, como una institución dotada de una unidad de espíritu, de fin, de régimen y de formación» (Juan Pablo II, Const. apost. Ut sit, 28-XI-1982, proemio -AAS 75 [1983] 423-).

No tenemos tiempo de detenernos en ilustrar con qué fidelidad a la mente y a las instrucciones del Fundador llevó don Álvaro a cabo su cometido; con cuánta fortaleza defendió la naturaleza propia del Opus Dei; con qué constancia y paciencia recorrió un camino lleno de dificultades.

Para terminar, quisiera invocar de nuevo la ayuda de la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia, Madre del Opus Dei, para que siga protegiendo con su intercesión a esta porción del Pueblo de Dios (..) De este modo no quedará defraudada la esperanza de la Iglesia, que —como se lee en el proemio de la Constitución Apostólica Ut sit— «dirige sus cuidados maternales y su atención al Opus Dei con el fin de que siempre sea un instrumento apto y eficaz de la misión salvífica que la Iglesia lleva a cabo para la vida del mundo» (Juan Pablo II, Const. apost. Ut sit, 28-XI-1982, proemio -AAS 75 [1983] 423-).

* Discuso del Prelado en el acto académico sobre la Const. ap. Ut sit, en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz, Roma (1-IV-1998), publicado en Romana, n. 26

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A sentir que no estoy sola

EL OPUS DEI ME ENSEÑÓ A CONOCER A DIOS Y CONOCERME A MI MISMA,A SABER QUE NO ME PUEDO GUARDAR ESTE TESORO DE LA FÉ ,PORQUE NO SERIA FELIZ SI NO LO COMPARTO.
A ENCONTRAR LA FELICIDAD ,ASI CÓMO A LA SANTIDAD ,EN LAS PEQUEÑAS COSAS,SIN ESPERAR GRANDES ACONTECIMIENTOS QUE PROBABLEMENTE NUNCA LLEGUEN.
A SENTIR QUE NO ESTOY SOLA,Y QUE TENGO UNA MANO AMIGA EN CUALQUIER PARTE DEL MUNDO QUE ME AYUDARÁ A VIVIR MI VOCACION .

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qué suerte tener vocación al Opus Dei

Pienso que es una suerte tener vocacion y pertenecer al Opus Dei,yo la gente que conozco,en general es estupenda,algunas veces me llaman para alguna actividad,o para ir a Torreciudad,y suelo ir,me encuentro con gente estupenda y muy educada,tambien fuí a Roma a la sanfificación del fundador,fuí en barco con mi marido y me imagino que la gente que iba era de la Obra fué maravilloso,guardo un buen recuerdo.Yo no tengo nada que ver con la Obra,pero me gusta,porque hacen las cosas bien hechas y con gusto,aunque me imagino que habrá de todo como en todos sitios.Seguir luchando y trabajando por amor a Dios y a los demás.
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Permíteme, si tanto te impactó ¿por qué no te animas y te acercas al menos a recibir los medios de formación para hacerte más santa y hacer más apostolado? Puedes preguntar aquí o en www.opusdei.es

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El retiro mensual

No he encontrado ningún tópic que hablara sobre este medio de formación que imparte el Opus Dei y me he tomado la libertad de hacerlo.

Es un tema que me toca cerca. Me suelen invitar al retiro mensual, que en teoria està abierto para todos los ex-alumnos del centro y que incluso se anuncia en la página web del colegio.

A veces voy y a veces no. Reconozco que voy más que menos y que es un momento que muchas veces me ha servido para recomenzar, para pararme , para reflexionar .

Otras veces no siento nada. De hecho ni siento la necesidad de ir. Me pasa que a veces provoca lo contrario de lo que se pretende. A veces me desanimo. Me desanimo porque veo que cada vez hay menos gente nueva en esos retiros, me desanimo porque veo la dualidad entre la vida dentro y la vida fuera, me desanimo porque me veo malo, pecador y muy lejos muchas veces de lo que Dios pueda querer de mí.

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Pues me parece a mí que todo eso nos pasa a todos. Más o menos.
Lo de las caras nuevas… tendré que llevar a algún amigo. Por lo menos, los demás verán caras nuevas…

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Ellos no vienen al Opus Dei, sino que son Opus Dei

Los primeros

Os dejo una noticia de que me ha gustado del blog de Rogelio en Opus Dei blogs: Apostolado de la tercera edad

La ciudad donde vivo conserva una característica muy típica de su época de “barriadas”, sus Plazas; no las grandes plazas comerciales modernas donde la gente camina indiferente al resto de las personas, sino las que se hacen punto de reunión de vecinos.

Una extensión más o menos grande de jardines, bancas y kiosco donde se agrupan niños en bicicleta, jóvenes pateando pelota, alguna que otra pareja de novios tomados de la mano disfrutando de un helado; no faltan las “comadres” que comparten el último chisme o en el mejor de los casos una receta de cocina. Por supuesto, siempre en primera fila están los viejitos, recordando sus años mozos, hablando de los que se han ido y los que quedan.

A estos últimos me quiero referir, a los viejitos. La reflexión me nace por que el otro día volví al centro donde por primera vez tome formación en la Obra y pude ver muchos viejitos. Pero a diferencia de hace años, ahora no pude más que “quitarme el sombrero” ante estos hermanos míos que no vienen al Opus Dei, sino que ellos son Opus Dei.

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Tres voluntades se ponen de acuerdo

Nacido en Dena, Pontevedra, Diego Pérez, agregado del Opus Dei, estudió ingeniería industrial, en la especialidad de electronica y automática, llegando a ser profesor del departamento de Ingeniería Mecánica de la Escuela de Ingenieros de Vigo

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Sobre el Opus Dei y la familia


Hola, ya he escuchado tanto hablar de gente que me dice que el Opus Dei apenas tiene una nueva vocacion la separa de sus padres y otros familiares, que me gustaria amablemente y con mucho respeto, preguntar a los que sepan, miembros del Opus Dei, que me expliquen e informen mejor sobre el tema.
Desde ya muchas gracias
Cynthia
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Hola Cynthia:
el Opus Dei no saca a nadie de su sitio. Y de separarte de tus padres, nada. Muchas veces uno tiene que alejarse de sus padres por motivos laborales, o de estudios. Es ley de vida para todos.
Igual que un@ supernumerari@ vivirá con su marido e hijos, un agregado puede vivir con sus padre, o hermanos, o solo. Y un numerario, lo habitual es que viva en un centro del Opus Dei; aunque, en ocasiones, por causas laborales tenga que vivir en una ciudad donde no haya centro, y viva en una casa o pensión.
Como ves, son situaciones habituales para todo el munso. Sí que es verdad que cuando pides la admisión como numerari@, sabes que hoy puedes vivir en un sitio, y mañana cambiar de ciudad o de país porque las necesidades apostólicas de la Obra así lo requieran. Pero también es verdad que si tienes que atender a tus padres porque estén enfermos o mayores, te vayas a vivir con ellos y los atiendas, aún siendo numerario.Es curioso, pero observo en muchas familias conocidas que siendo varios hermanos, siempre es el o la del Opus Dei, el que deja a un lado su trabajo y se va a atender a sus padres. O sea, que de alejar de tu familia, nada. Antes bien, suelen ser los de la Obra, según observo los más generosos a la hora de atender a los padres.

Por lo tanto, las separaciones que se producen son las de cualquiera según las distintas etapas de la vida: irte a otra ciudad a estudiar, o a trabajar, volver…
Espero haberte contestado.

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