Jóvenes de diversas partes del mundo hablan en este vídeo sobre su deseo de vivir la fe y transmitirla a sus amigos (5′30”).
Si no muestras con tu oración, con tu sacrificio, con tu acción una constante preocupación de apostolado, es señal evidente de que te falta felicidad y de que ha de aumentar tu fidelidad. El que tiene la felicidad, el bien, procura darlo a los demás. (Forja, 914)
Cuando pisotees de veras tu propio yo y vivas para los demás, entonces serás instrumento apto en las manos de Dios.
El ha llamado llama a sus discípulos, y les manda: «ut eatis!» id a buscar a todos. (Forja, 915)
«In modico fidelis!» fiel en lo poco… Tu labor, hijo mío, no es sólo salvar almas, sino santificarlas, día a día, dando a cada instante aun a los aparentemente vulgares vibración de eternidad. (Forja, 917)
Así como la inmensa maquinaria de docenas de fábricas se para, se queda sin fuerza, cuando la corriente eléctrica se interrumpe, también el apostolado deja de ser fecundo sin la oración y la mortificación, que mueven el Corazón Sacratísimo de Cristo. (Forja, 919)
El principal apostolado que realizan los fieles de la Prelatura del Opus Dei es el que cada uno lleva a cabo en su propio ambiente, sin formar grupo, como expresión natural y espontánea de su compromiso cristiano. El apostolado ennoblece los lazos de amistad: un buen cristiano se esfuerza por ser un buen amigo, sincero y leal.
Además, como fruto del deseo de contribuir a la solución de los problemas de su entorno y de ayudar a los más necesitados, los fieles del Opus Dei, con muchas otras personas, promueven iniciativas educativas y asistenciales: escuelas, hospitales, centros de formación profesional, universidades… Son entidades muy variadas, que tienen la personalidad propia del país y de la cultura en que nacen.
Ama y practica la caridad, sin límites y sin discriminaciones, porque es la virtud que nos caracteriza a los discípulos del Maestro. Sin embargo, esa caridad no puede llevarte dejaría de ser virtud a amortiguar la fe, a quitar las aristas que la definen, a dulcificarla hasta convertirla, como algunos pretenden, en algo amorfo que no tiene la fuerza y el poder de Dios. (Forja, 456)
Pecaría de ingenuo el que se imaginase que las exigencias de la caridad cristiana se cumplen fácilmente. Muy distinto se demuestra lo que experimentamos en el quehacer habitual de la humanidad y, por desgracia, en el ámbito de la Iglesia. Si el amor no obligara a callar, cada uno contaría largamente de divisiones, de ataques, de injusticias, de murmuraciones, de insidias. Hemos de admitirlo con sencillez, para tratar de poner por nuestra parte el oportuno remedio, que ha de traducirse en un esfuerzo personal por no herir, por no maltratar, por corregir sin dejar hundido a nadie.
() Yo me siento movido ahora a pedir al Señor -uníos, si queréis, a esta oración mía- que no permita que en su Iglesia la falta de amor encizañe a las almas. La caridad es la sal del apostolado de los cristianos; si pierde el sabor, ¿cómo podremos presentarnos ante el mundo y explicar, con la cabeza alta, aquí está Cristo? (Amigos de Dios, 234)
El Concilio Vaticano II recordó de nuevo a los cristianos la llamada universal a la santidad que hizo el Señor: todos hemos sido llamados a la santidad, a la identificación con Cristo y a una divinización progresiva bajo la acción de la gracia, para llegar a la plenitud de la vida cristiana, “a la medida de la plenitud de Cristo” (Ef 4, 13).
Dios llama a algunos bautizados —los miembros del Opus Dei, las personas que participan y se forman cristianamente gracias a sus apostolados— para que lleven ese mensaje —la llamada universal a la santidad— a todo el mundo, recorriendo el camino que el mismo Dios fundó el 2 de octubre de 1928, sirviéndose de san Josemaría Escrivá de Balaguer.
Desde esta perspectiva, la llamada específica a la santidad en el Opus Dei convierte la vida de las mujeres y de los hombres del Opus Dei, y la de las personas que se forman al calor de su espíritu, en un constante servicio a la Iglesia y al mundo.
Quiso el Señor —escribía San Josemaría— promover su Obra cuando, en la mayoría de los países, élites y masas enteras parecían alejarse de la Fuente de toda gracia; cuando, incluso en países de vieja historia cristiana, escaseaba la frecuencia de sacramentos por parte del pueblo; cuando vastos estratos del laicado parecían adormilados, como si se hubiera desvanecido su fe operativa (Carta, 25-I-1961, n. 13, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 53).