Entradas etiquetadas san josemaría fundador opus dei

Símbolo que represente al Opus Dei?

OYE QUERIA PREGUNTARTE:HAY ALGUN SIMBOLO QUE REPRESENTE AL OPUS DEI ? MI HIJA TIENE UN AÑO DE PERTENECER Y YO APENAS ME ESTOY INVOLUCRANDO EN EL
________________________________

El Opus Dei es una parte de la Iglesia Católica, pueblo de Dios que vive de la Palabra y del Cuerpo de Cristo y de esta manera viene a ser ella misma Cuerpo de Cristo.
Así, el Opus Dei no tiene otros símbolos que los que tenga la Iglesia Católica
Acerca de los “Símbolos de la Iglesia” el Catecismo en los puntos 753 a 757 dice lo siguiente:

    “Los símbolos de la Iglesia
    753 En la Sagrada Escritura encontramos multitud de imágenes y de figuras relacionadas entre sí, mediante las cuales la revelación habla del Misterio inagotable de la Iglesia. Las imágenes tomadas del Antiguo Testamento constituyen variaciones de una idea de fondo, la del “Pueblo de Dios”. En el Nuevo Testamento (cf. Ef 1, 22; Col 1, 18), todas estas imágenes adquieren un nuevo centro por el hecho de que Cristo viene a ser “la Cabeza” de este Pueblo (cf. LG 9) el cual es desde entonces su Cuerpo. En torno a este centro se agrupan imágenes “tomadas de la vida de los pastores, de la agricultura, de la construcción, incluso de la familia y del matrimonio” (LG 6).
    754 “La Iglesia, en efecto, es el redil cuya puerta única y necesaria es Cristo(Jn 10, 1-10). Es también el rebaño cuy pastor será el mismo Dios, como él mismo anunció (cf. Is 40, 11; Ez 34, 11-31). Aunque son pastores humanos quien es gobiernan a las ovejas, sin embargo es Cristo mismo el que sin cesar las guía y alimenta; El, el Buen Pastor y Cabeza de los pastores (cf. Jn 10, 11; 1 P 5, 4), que dio su vida por las ovejas (cf. Jn 10, 11-15)”.
    755 “La Iglesia es labranza o campo de Dios (1 Co 3, 9). En este campo crece el antiguo olivo cuya raíz santa fueron los patriarcas y en el que tuvo y tendrá lugar la reconciliación de los judíos y de los gentiles (Rm 11, 13-26). El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21, 33-43 par.; cf. Is 5, 1-7). La verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a a los sarmientos, es decir, a nosotros, que permanecemos en él por medio de la Iglesia y que sin él no podemos hacer nada (Jn 15, 1-5)”.
    756 “También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios (1 Co 3, 9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se convirtió en la piedra angular (Mt 21, 42 par.; cf. Hch 4, 11; 1 P 2, 7; Sal 118, 22). Los apóstoles construyen la Iglesia sobre ese fundamento (cf. 1 Co 3, 11), que le da solidez y cohesión. Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios: casa de Dios (1 Tim 3, 15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (Ef 2, 19-22), tienda de Dios con los hombres (Ap 21, 3), y sobre todo, templo santo. Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cf. 1 P 2, 5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como una esposa embellecidas para su esposo (Ap 21, 1-2)”.
    757 “La Iglesia que es llamada también “la Jerusalén de arriba” y “madre nuestra” (Ga 4, 26; cf. Ap 12, 17), y se la describe como la esposa inmaculada del Cordero inmaculado (Ap 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17). Cristo `la amó y se entregó por ella para santificarla’ (Ef 5, 25-26); se unió a ella en alianza indisoluble, `la alimenta y la cuida’ (Ef 5, 29) sin cesar” (LG 6).”

En cuanto a la cruz rodeada por un círculo, San Josemaría lo definió más bien como un “Sello”:

    “14 de febrero de 1943, Sacerdotes en el Opus Dei
    La mañana del 14 de febrero de 1943, don Josemaría salió temprano para decir misa a sus hijas en el oratorio de Jorge Manrique.
    Inmediatamente después de celebrar la misa sacó su agenda de bolsillo y escribió en la hoja del domingo 14 de Febrero, S. Valentín: “En casa de las chicas, en la Sta. Misa”: Societas Sacerdotalis Sanctae Crucis; y luego hizo un pequeño dibujo (el diseño de un círculo, dentro del cual va una cruz).
    Al día siguiente el Padre se fue a El Escorial, no muy lejos de Madrid, donde Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz estaban preparando unos exámenes de Teología. Había que preparar rápidamente los documentos necesarios y Álvaro del Portillo sería el encargado de ir a Roma con objeto de obtener la aprobación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que en líneas generales le había mostrado el Señor el 14 de febrero, día de acción de gracias, por ser el aniversario de otra fecha memorable: el 14 de febrero de 1930, día en que el Señor le hizo entender que debía extender el apostolado del Opus Dei a las mujeres.”
    “Después de la acción de gracias el Padre bajó a la otra planta, pidió una cuartilla y se encerró en un pequeño recibidor mientras sus hijas le esperaban en el vestíbulo.
    «A los pocos minutos —refiere Encarnita— apareció de nuevo en el vestíbulo visiblemente emocionado. — Mirad —nos dijo, señalándonos una cuartilla en la que había dibujado una circunferencia y en el centro una cruz de proporciones especiales—; éste será el Sello de la Obra. El Sello, no el escudo —nos aclaró—:el Opus Dei no tiene escudos. Significa —nos dijo a continuación— el mundo y, metida en la entraña del mundo, la Cruz»”

Dejar un comentario

Año mariano en el Opus Dei: 14 febrero 2010 a 2011

El 14 de febrero de 2010 empieza en el Opus Dei un año mariano de acción de gracias, por cumplirse el 80 aniversario de la sección femenina del Opus Dei. El año mariano durará hasta el 14 de febrero de 2011.

El Padre nos ha pedido que pidamos a la Virgen especialmente por los sacerdotes en este año sacerdotal.

Los sucesos del 14 de febrero de 1930 están relatados en La fundación del Opus Dei:

Junto a la fecha del 2 de octubre de 1928, san Josemaría siempre añadió la del 14 de febrero de 1930 como fecha fundcicional. Fue el momento en el que Dios le dejó claro que las mujeres también deberían formar parte del Opus Dei.

Anotación del Fundador del Opus Dei en sus Apuntes íntimos, n. 1871 (14‑VI‑1948):

El 14 de febrero de 1930, celebraba yo la misa en la capillita de la vieja marquesa de Onteiro, madre de Luz Casanova, a la que yo atendía espiritualmente, mientras era Capellán del Patronato. Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás.

Dejar un comentario

Carta del Prelado (octubre 2009)

El Prelado reflexiona sobre el valor santificador del trabajo y, ante el momento de crisis global, invita en su carta a “acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad”.

01 de octubre de 2009

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Mañana, 2 de octubre, agradeceremos al Señor un nuevo aniversario de la fundación del Opus Dei; y cuatro días más tarde, el 6 de octubre, se cumplirá el séptimo de la canonización de nuestro Fundador. En la cercanía de estas dos fechas, pienso que nos viene bien meditar en esta sobrenatural intuición de nuestro Fundador, como la calificó Juan Pablo II[1]: el valor santificador del trabajo ordinario en medio del mundo, la necesidad de aprovechar el acontecer cotidiano, para responder al encuentro permanente que el Señor desea mantener con cada una y cada uno de nosotros. Se comprende perfectamente que nuestro Padre se volviera “loco de amor” al meditar con hondura las palabras que manifiesta Dios a través del profeta: meus es tu[2].

Nos consta que el trabajo, esta realidad universal y necesaria que acompaña la existencia de los hombres en la tierra, es medio para subvenir a las necesidades personales y de la propia familia, vínculo de comunión con las demás personas, ocasión de perfeccionamiento personal. Para un cristiano, esas perspectivas se alargan y se amplían. Porque el trabajo aparece como participación en la obra creadora de Dios, que, al crear al hombre, lo bendijo diciéndole: procread y multiplicaos y henchid la tierra y sojuzgadla, y dominad en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo animal que se mueve sobre la tierra (Gn 1, 28). Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora[3].

Juan Pablo II expuso con viveza esta enseñanza durante la canonización de nuestro Fundador, al ilustrar el relato de la creación del hombre: el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara[4]. «El libro del Génesis —decía el Santo Padre— (…) nos recuerda que el Creador ha confiado la tierra al hombre, para que la “labrase” y “cuidase”. Los creyentes, actuando en las diversas realidades de este mundo, contribuyen a realizar este proyecto divino universal. El trabajo y cualquier otra actividad, llevada a cabo con la ayuda de la gracia, se convierten en medios de santificación cotidiana»[5].

Ya en la ceremonia de la beatificación, el 17 de mayo de 1992, había afirmado que San Josemaría «predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo —añadía el Romano Pontífice— convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación»[6].

Proponer otra vez este punto capital del espíritu del Opus Dei no resulta repetitivo, porque siempre podemos ahondar más en su inagotable riqueza espiritual y ponerlo en práctica con mayor fidelidad, contando con la ayuda de Dios y la intercesión de nuestro Padre. Como frecuentemente afirmó San Josemaría, mientras haya hombres y mujeres que desempeñen una tarea profesional, habrá personas que, impulsadas por este espíritu, mostrarán a sus amigos y colegas que es posible alcanzar la perfección cristiana, la santidad, mediante la santificación de la ocupación profesional, colaborando con Dios en el perfeccionamiento de la creación y cooperando con Cristo en la aplicación de la obra redentora.

Escuchemos a San Josemaría: somos nosotros hombres de la calle, cristianos corrientes, metidos en el torrente circulatorio de la sociedad, y el Señor nos quiere santos, apostólicos, precisamente en medio de nuestro trabajo profesional, es decir, santificándonos en esa tarea, santificando esa tarea y ayudando a que los demás se santifiquen con esa tarea. Convenceos de que en ese ambiente os espera Dios, con solicitud de Padre, de Amigo; y pensad que con vuestro quehacer profesional realizado con responsabilidad, además de sosteneros económicamente, prestáis un servicio directísimo al desarrollo de la sociedad, aliviáis también las cargas de los demás y mantenéis tantas obras asistenciales —a nivel local y universal— en pro de los individuos y de los pueblos menos favorecidos[7]. Hemos de pensar más en las personas que se encuentran a nuestro alrededor: ¿lo hacemos?, ¿despiertan en nosotros un claro celo apostólico? El trabajo profesional y las relaciones derivadas de su ejercicio constituyen un campo privilegiado para ejercitar el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Tengámoslo muy presente durante el año sacerdotal.

Esas palabras de nuestro Padre resuenan con fuerza en los momentos actuales, signados por una profunda crisis económica y laboral que afecta a muchos países. Al mismo tiempo, nos recuerdan el carácter instrumental del trabajo en todas sus manifestaciones. Por eso, nos enseñaba también que los bienes de la tierra no son malos; se pervierten cuando el hombre los erige en ídolos y, ante esos ídolos, se postra; se ennoblecen cuando los convertimos en instrumentos para el bien, en una tarea cristiana de justicia y de caridad. No podemos ir detrás de los bienes económicos, como quien va en busca de un tesoro; nuestro tesoro está aquí (…); es Cristo y en Él se han de centrar todos nuestros amores, porque donde está nuestro tesoro allí estará también nuestro corazón (Mt 6, 21)[8].

Si la tarea profesional se considerase como un objetivo en sí mismo, y no un medio para alcanzar el fin último de la existencia humana —la comunión con Dios y, en Dios, con los demás hombres—, se desvirtuaría su naturaleza y perdería su valor más alto. Se convertiría en una actividad cerrada a la trascendencia, en la que la criatura no tardaría en situarse en el lugar de Dios. Un trabajo realizado así tampoco podría ser el medio para colaborar con Cristo en la obra redentora, que comenzó con sus años de artesano en Nazaret y consumó en la Cruz, entregando su vida por la salvación de los hombres.

Son ideas que Benedicto XVI ha expuesto recientemente en la encíclica Caritas in veritate, presentando la Doctrina social de la Iglesia en el actual contexto de globalización de la sociedad. Al afirmar, en las circunstancias actuales, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad[9], el Papa pone de relieve —como ya expresó el Concilio Vaticano II— que el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social[10]. De este modo, situando en el núcleo del debate actual a la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y elevada por Cristo a la dignidad de la filiación divina, el Santo Padre se pronuncia decididamente contra el determinismo que subyace en muchas concepciones de la vida política, económica y social.

Al mismo tiempo, el Papa pone de relieve la energía transformadora de la sociedad que lleva consigo el ejercicio de una libertad rectamente entendida, es decir, una libertad firmemente anclada en la verdad. Refiriéndose al desarrollo de los pueblos, escribe: en realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado[11].

En una época de crisis como la de ahora, con repercusiones que afectan directamente a tanta gente, podría presentarse un doble peligro: de una parte, confiar ingenuamente en que las soluciones técnicas resolverán todos los problemas; y, de otra, dejarse arrastrar por el pesimismo o la resignación, como si todo eso fuera inevitable, consecuencia de unas leyes económicas que no se pueden soslayar.

Una y otra actitud se demuestran falsas y peligrosas. Un hombre o una mujer de fe ha de aprovechar esta situación para mejorar personalmente en la práctica de la virtud, cuidando con esmero el espíritu de desprendimiento, la rectitud de intención, la renuncia a bienes superfluos, y tantos detalles más. Sabe, por otra parte, que en todo instante estamos en las manos de Dios, nuestro Padre; y que si la Providencia divina permite estas dificultades, lo hace para que saquemos bien del mal: Dios escribe derecho con renglones torcidos. Atravesamos un tiempo propicio para acrisolar la fe, fomentar la esperanza y favorecer la caridad; y para desempeñar nuestra tarea —la que sea— con rigor profesional, con rectitud de intención, ofreciendo todo para que en la sociedad se cree un auténtico sentido de responsabilidad y de solidaridad. ¿Rezamos para que se resuelva el grave problema del paro?

Por otro lado, las circunstancias difíciles favorecen que salgan a flote recursos escondidos en el interior de cada persona. Una de las recomendaciones más importantes de la reciente encíclica se concreta en la llamada a purificar las relaciones de la estricta justicia con la caridad, sin separar el ejercicio de estas dos virtudes. El gran desafío de estos momentos, afirma el Romano Pontífice, es mostrar, tanto en el orden de las ideas como en el de los comportamientos, que no sólo no se pueden olvidar o debilitar los principios tradicionales de la ética social, como la transparencia, la honradez y la responsabilidad, sino que, en las relaciones mercantiles, el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria. Esto es una exigencia del hombre en el momento actual, pero también de la razón económica misma. Una exigencia de la caridad y de la verdad al mismo tiempo[12].

Viene a mi memoria una enseñanza que San Josemaría difundió en sus escritos y en sus encuentros con gentes muy diversas. En una homilía, dirigía estas palabras a las personas de todo tipo que le escuchaban: convenceos de que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad. Cuando se hace justicia a secas, no os extrañéis si la gente se queda herida: pide mucho más la dignidad del hombre, que es hijo de Dios. La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo, lo deifica: Dios es amor (1 Jn 4, 16). Hemos de movernos siempre por Amor de Dios, que torna más fácil querer al prójimo, y purifica y eleva los amores terrenos[13]. Y en otra ocasión, ante la pregunta acerca de la primera virtud que debería cultivar un empresario, su respuesta inmediata fue la siguiente: la caridad, porque con la justicia sola no se llega (…). Trata siempre con justicia a la gente y déjate llevar un poco del corazón (…). Haz lo que puedas por los demás, por medio de tu trabajo. Y vive, con la justicia, la caridad. La justicia sola es una cosa seca; quedan muchos espacios sin llenar[14].

Un gran amor a la justicia, informado en todo momento por la caridad, junto a la preparación profesional propia de cada uno, es el arma cristiana para colaborar eficazmente en la resolución de los problemas de la sociedad. Tenéis que hacer sobrenaturalmente lo que hacéis naturalmente, aconsejaba San Josemaría; y después —señalaba—, llevar este afán de caridad, de fraternidad, de comprensión, de amor, de espíritu cristiano, a todos los pueblos de la tierra[15]. Ponía en guardia frente a las doctrinas que ofrecen falsas soluciones —por materialistas— a los problemas sociales: para resolver todos los conflictos de los hombres nos bastan la justicia y la caridad cristianas[16].

Estas consideraciones no eximen a los cristianos —especialmente a quienes ocupan cargos de responsabilidad en la vida pública o en la sociedad— del esfuerzo por conocer bien las leyes de la economía. La caridad no excluye el saber —afirma Benedicto XVI, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser “sazonado” con la “sal” de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor. En efecto, “el que está animado de una verdadera caridad es ingenioso para descubrir las causas de la miseria, para encontrar los medios de combatirla, para vencerla con intrepidez” (Pablo VI, enc. Populorum progressio, n. 75)[17].

Tratemos de entender más a fondo estas enseñanzas del Magisterio, difundirlas y hacer que calen con hondura en nuestra conciencia y en nuestra actuación diaria.

Como siempre, os recuerdo que permanezcáis muy unidos a mis intenciones. Y, como es natural, en primer plano está siempre la oración por el Papa y por sus colaboradores. Este mes, además, se celebrará en Roma una sesión especial del Sínodo de los Obispos, dedicada al continente africano. Acudamos desde ahora al Espíritu Santo y a la intercesión de San Josemaría, para que el Señor ilumine a los Obispos que se reunirán con el Papa y conceda gran fruto espiritual a esa Asamblea.

Hay otros aniversarios de la historia de la Obra, que no mencionaré. Sí que siento, en cambio, la urgencia de que crezca en todas y en todos el afán de conocer los diferentes pasos de la vida de San Josemaría: su finura para cuidar lo que el Cielo puso en sus manos le motivó para ser un leal servidor de Dios, de la Iglesia —con esta partecica, la Obra—, de sus hijas y de sus hijos, y de todas las personas, también de las que no le comprendían. Es de gran importancia que sigamos esas huellas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Roma, 1 de octubre de 2009.

[1] Cfr. Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador del Opus Dei, 17-V-1992.

[2] Is 43, 1.

[3] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 47.

[4] Gn 2, 15.

[5] Juan Pablo II, Homilía en la canonización del Fundador del Opus Dei, 6-X-2002.

[6] Juan Pablo II, Homilía en la beatificación del Fundador del Opus Dei, 17-V-1992.

[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 120.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 35.

[9] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 25.

[10] Ibid. Cfr. Const. past. Gaudium et spes, n. 63.

[11] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 11.

[12] Ibid., n. 36.

[13] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 172.

[14] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 27-XI-1972.

[15] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 2-VI-1974.

[16] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 14-IV-1974.

[17] Benedicto XVI, Litt. enc. Caritas in veritate, 29-VI-2009, n. 30.

Dejar un comentario

JUAN ANTONIO GALARRAGA ITUARTE

Juan Antonio Galarraga Ituarte nació en San Sebastián (España) el 29-I-1920. En 1940, mientras realizaba sus estudios universitarios en Madrid, conoció a San Josemaría Escrivá y solicitó la admisión en la Obra. Llevó a cabo una intensa labor apostólica y fue director de las residencias de Jenner y Moncloa en Madrid, Albayzín en Granada y Netherhall House en Londres. A la vez, estuvo presente de modo destacado en el mundo académico y científico: recibió el Premio Extraordinario de Licenciatura, realizó trabajos de investigación y fue nombrado miembro de la Biochemical Society of London. Desde 1946 vivió en Londres, donde colaboró en los comienzos de la labor apostólica del Opus Dei. Ordenado sacerdote en 1953, fue Consiliario del Opus Dei en Gran Bretaña hasta que en 1972 regresó a España. En Sevilla fue durante algunos años rector de la iglesia del Señor San José. Desde 1999 arrastraba una grave enfermedad que le ha ido inmovilizando progresivamente. Felleció el 25-IV-2005.

Dejar un comentario

Película “There be dragons”: Roland Joffé, Opus Dei y San Josemaría Escrivá

Me han pedido información en el foro sobre There be dragons, Opus Dei y San Josemaría, por este motivo os informo sobre esta película:

El realizador británico Roland Joffé, director de las candidatas al Oscar Los gritos del silencio y La Misión, está en Buenos Aires, según pudo averiguar Clarín, donde a partir de julio rodará There Be Dragons, que tiene como protagonista a Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei.

La historia del film se desenvuelve en gran parte durante la guerra civil española, entrelazándose con la vida de José María Escrivá de Balaguer (1902/1975) quien fue canonizado el 6 de octubre de 2002.

Hay gran cantidad de información sobre esta película en internet. Un amigo mío comenta en su blog los aciertos y errores que ha encontrado sobre esta película en la red, el artículo comienza así:

Ayer me felicitó un amigo por lo de que “Ridley Scott va a hacer una película sobre el Opus Dei para la que le habéis abierto todos los archivos”. Otro me ha escrito para compartir su alegría de que “por fin, hayáis dado el salto a Hollywood”…. sigue en There Be Dragons, Roland Joffé, San Josemaría Escrivá y el Opus Dei

Más información sobre la película en There be dragons y en película protagonizada por Charlie Cox.

Comentarios (1)

Carta del Prelado (junio 2009)

 

Las fiestas litúrgicas el mes de junio dan pie al Prelado del Opus Dei en su carta mensual para invitar a tratar con más intimidad a Dios en la vida ordinaria.

03 de junio de 2009

 

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Ayer celebramos la solemnidad de Pentecostés, que este año ha coincidido con el final del mes de mayo. Como en la primera Pentecostés, la Santísima Virgen nos ha ayudado a prepararnos para recibir una nueva efusión del Paráclito. Ahora, al recomenzar el Tiempo ordinario, podemos tomar esta circunstancia como una invitación más a santificar la vida corriente de cada día, entretejida de horas de trabajo y de las múltiples relaciones que se originan en el trato familiar y social. Se repite lo que nos enseñaba nuestro Padre: no cambia lo externo del trabajo y, a la vez, diariamente, ¡cambia!, por el amor nuevo que pongamos al realizarlo.

La existencia cotidiana nos marca verdaderamente el campo de nuestra lucha —promovida y sostenida por la gracia— para identificarnos más y más con Cristo y, de este modo, ser mejores hijos de Dios. Deseo describir esta realidad con la expresión tan acertada que San Josemaría dejó señalada en una homilía: cuando un cristiano desempeña con amor lo más intrascendente de las acciones diarias, aquello rebosa de la trascendencia de Dios. Por eso os he repetido, con un repetido martilleo, que la vocación cristiana consiste en hacer endecasílabos de la prosa de cada día. En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria…. Me parece oír todavía el eco de la fuerza con que pronunció la palabra “martilleo”, porque nuestro Padre fue un gran pedagogo con la palabra y con los hechos, para que se nos grabase a fondo el espíritu que Dios había puesto en su alma.

Desempeñar con amor a Dios y a los demás las acciones diarias: en esto consiste el secreto de la santidad a la que Dios llama a los cristianos que viven y trabajan en medio de las realidades temporales. Este programa se nos torna posible porque —como enseña la Sagrada Escritura— el Señor ha tomado la iniciativa: nosotros amamos, porque Él nos amó primero. Me gusta recordarlo al comenzar el mes de junio, en el que —de tantos y tan diversos modos— la liturgia pone de relieve el amor de Dios a sus criaturas. Lo hemos considerado detenidamente al celebrar los principales misterios de la historia de la salvación: la Encarnación, Pasión y Muerte de Jesucristo su Resurrección y gloriosa Ascensión a los cielos. En las próximas semanas, la liturgia nos hace celebrar tres fiestas que tienen un carácter “sintético”: la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y, por último, el Sagrado Corazón de Jesús. Estos días, tan señalados para quienes se saben hijos de Dios, se nos presentan como manifestaciones del amor de Dios por los hombres y, en este sentido, constituyen una síntesis de todos los misterios salvíficos.

El domingo, día 7, celebraremos la solemnidad de la Trinidad Santísima. Con esta gran fiesta, la Iglesia nos invita a considerar el Misterio de la naturaleza íntima del Dios único, que quiso revelarse paulatinamente por medio de los profetas y se manifestó plenamente en Jesucristo. Ya en el Antiguo Testamento, pasando ante Moisés en el monte Sinaí, se mostró como el Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia y fidelidad. Esta declaración era una primera explícita manifestación de las riquezas contenidas en el nombre de Yahveh, revelado anteriormente a Moisés. A la vez, ese Nombre inefable seguía envuelto en los velos del misterio. Sólo en el Nuevo Testamento se nos ha hecho presente con más claridad la vida íntima de Dios. San Juan, el discípulo amado del Señor, que reclinó su cabeza sobre el pecho del Maestro en la Última Cena, ha escrito —inspirado por el Espíritu Santo— que la identidad más profunda de Dios se resume en una sola palabra: Amor. Deus caritas est, Dios es Amor. Y como demostración diáfana nos envió a su Hijo: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.

Benedicto XVI comenta que ese nombre, Amor, expresa claramente que el Dios de la Biblia no es una especie de mónada encerrada en sí misma y satisfecha de su propia autosuficiencia, sino que es vida que quiere comunicarse, es apertura, relación. Palabras como “misericordioso”, “compasivo”, “rico en clemencia”, nos hablan de una relación, en particular de un Ser vital que se ofrece, que quiere colmar toda laguna, toda falta, que quiere dar y perdonar, que desea entablar un vínculo firme y duradero. Siendo el Amor por esencia, nuestro Dios no es un Ser solitario, encerrado en una lejanía trascendente, ajeno a las preocupaciones de los hombres. Dios es trinidad de Personas, tan unidas y compenetradas que son un solo y único Dios. Esta revelación de Dios se delineó plenamente en el Nuevo Testamento, gracias a la palabra de Cristo. Jesús nos manifestó el rostro de Dios, uno en esencia y trino en personas: Dios es amor, Amor Padre, Amor Hijo y Amor Espíritu Santo.

Al revelarnos el misterio de su vida íntima, Dios —por expresarlo de algún modo— nos ha mostrado su rostro, nos ha comunicado que desea acogernos en su amistad; más aún, que quiere hacernos hijos suyos, partícipes de su misma Vida. Por estas razones, la solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad celebra la suprema revelación del Amor divino. De ahí que San Josemaría recomendara a los cristianos que se esfuercen por conocer y tratar a cada una de las Personas divinas. Aprende a alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Aprende a tener una devoción particular a la Santísima Trinidad: creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo, creo en Dios Espíritu Santo: creo en la Trinidad Beatísima. Espero en Dios Padre, espero en Dios Hijo, espero en Dios Espíritu Santo: espero en la Trinidad Beatísima. Amo a Dios Padre, amo a Dios Hijo, amo a Dios Espíritu Santo: amo a la Trinidad Beatísima. Esta devoción hace falta como un ejercicio sobrenatural, que se traduce en estos movimientos del corazón, aunque no siempre se traduzca en palabras.

Queramos afanarnos en tratar así a nuestro Dios. ¿Cómo buscamos su presencia a lo largo del día? ¿Consideramos con frecuencia que somos hijos suyos? ¿Nos empeñamos en imitar a Jesucristo nuestro Hermano mayor y nuestro Modelo? ¿Invocamos con clamores silenciosos al Paráclito, a fin de que nos santifique y nos llene de afán apostólico? ¿Crece nuestra amistad con el Espíritu Santo?

La solemnidad del Corpus Christi, el día 11 (que en algunos sitios se traslada al domingo siguiente, 14 de junio), viene a reforzar estas profundas aspiraciones del alma cristiana. Analizando los diversos momentos de esta celebración litúrgica, el Santo Padre resume así su significado fundamental: ante todo, nos hemos reunido alrededor del altar del Señor para estar juntos en su presencia; luego tendrá lugar la procesión, es decir, caminar con el Señor; y, por último, arrodillarse ante el Señor, la adoración, que comienza ya en la Misa y acompaña toda la procesión, pero que culmina en el momento final de la bendición eucarística, cuando todos nos postremos ante Aquel que se inclinó hasta nosotros y dio la vida por nosotros.

Benedicto XVI sugiere un itinerario interior que resulta válido, no sólo para el día del Corpus, sino para toda nuestra existencia. No cedamos en la decisión de seguirlo con mayor tenacidad en las próximas semanas, con intentos eficaces de aprovechar las gracias que esta solemnidad trae a nuestras almas, con ánimo de ser esencialmente eucarísticos. La participación diaria en el Santo Sacrificio ha de servirnos como una recarga de energía espiritual que nos impulse a mantener una intimidad más habitual y confiada con la Santísima Trinidad, a lo largo de la jornada. La visitas al Santísimo Sacramento, presente en los tabernáculos de las iglesias, nos servirán para conservar vivo y vibrante el amor a Dios y al prójimo, que se manifestará luego en obras de atención fraterna, quizá en detalles pequeños, pero concretos: con las personas de nuestra familia, con los colegas de trabajo, con los amigos, con quienes coincidimos por un motivo u otro. Conocemos que nuestro Padre sacaba toda la fuerza de la Santa Misa y, por eso, cuando debía guardar cama por enfermedad, la primera consideración que manifestaba, el día que se levantaba, era: “¡Tengo hambre de celebrar!”, disposición que fomentaba cotidianamente.

La referencia al Sagrario ha de servirnos, sobre todo, para alimentar el amor a Dios, en justa correspondencia al amor de Dios por nosotros. Nos resultará muy útil considerar la experiencia personal de San Josemaría, que —en medio del trabajo más absorbente— se hallaba siempre pendiente de Jesús en el Santísimo Sacramento. Cuando entro en el oratorio —afirmaba— no me da ningún reparo decir al Señor: Jesús, te amo. Y alabo al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, que están presentes en la Sagrada Eucaristía junto a la Humanidad Santísima de Jesucristo, porque donde se halla una Persona divina se encuentra necesariamente la Santísima Trinidad. Y le echo una palabra de cariño —así: le echo, como se echa una flor— a mi Madre Santa María. Y me acuerdo de saludar a los Ángeles, que custodian el Sagrario en una vigilia de amor, de adoración, de reparación, haciendo la corte al Señor Sacramentado. Les agradezco que estén allí todo el día y toda la noche, porque yo no puedo hacerlo más que con el corazón: ¡gracias, Santos Ángeles, que hacéis la corte y acompañáis siempre a Jesús en la Sagrada Eucaristía!.

No es necesario añadir más: pienso que estas confidencias de nuestro Padre espolearán en cada una y en cada uno de nosotros el hambre, el afán, el más vivo deseo de mejorar nuestro trato con Jesús sacramentado.

Llegaremos así muy bien preparados a la tercera solemnidad litúrgica, la del Sagrado Corazón de Jesús, en la que la grandeza del Amor divino se nos manifiesta elocuentemente. Al tratar ahora del Corazón de Jesús —escribió San Josemaría, ponemos de manifiesto la certidumbre del amor de Dios y la verdad de su entrega a nosotro. ¿Qué prueba mayor podía darnos, que mostrarnos su Corazón atravesado por la lanza, abierto de par en par, como una invitación a descansar en Él, a encontrar en Él nuestro refugio en los momentos de pena o de tribulación? Queramos, además, desagraviarle por los pecados con que es ofendido: los nuestros y los de tantos que no reconocen la grandeza de su sacrificio por cada hombre y por cada mujer, sin excepciones.

Ese día, además, comienza el año sacerdotal que Benedicto XVI ha convocado en la Iglesia universal, con ocasión del 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars. Procuremos animar a todas las personas que podamos —comenzando por los fieles de la Prelatura y todos los que se benefician de sus apostolados— a estar en primera línea, junto al Papa y a los Obispos, rezando para que no falten en la Iglesia muchos y santos sacerdotes.

El 29 de junio, solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, concluye el año paulino. A lo largo de estos meses, meditando la vida y las enseñanzas del Apóstol de las gentes, hemos aprendido a amar más a Nuestro Señor; y ese amor nos habla de la raíz de la verdadera libertad. Saulo lo aprendió en el camino de Damasco, cuando vio a Jesucristo glorioso. A partir de ese momento, habla y actúa movido por la responsabilidad del amor: se siente soberanamente libre, con la libertad del amor. Con ese mismo espíritu —explica el Papa— San Agustín formuló la frase que luego se hizo famosa: “Dilige et quod vis fac” (Tract. in 1 Jo 7, 7-8), “Ama y haz lo que quieras”. Quien ama a Cristo como lo amaba San Pablo, verdaderamente puede hacer lo que quiera, porque su amor está unido a la voluntad de Cristo y, de este modo, a la voluntad de Dios.

No me detengo a comentar otras fiestas y aniversarios de este mes: el Inmaculado Corazón de María, el aniversario de la ordenación de los primeros sacerdotes de la Obra, la fiesta litúrgica de San Josemaría… Cada una de esas fechas, a su modo, puede y debe suponer un nuevo impulso para intensificar nuestra entrega a Dios y a los demás por Dios, y nuestros afanes apostólicos con hechos concretos.

Seguid rezando por todas mis intenciones; de modo especial por el comienzo de la labor estable de la Prelatura en Indonesia, Rumania y Corea.

Con todo cariño, os bendice

                                vuestro Padre

                                   + Javier

Roma, 1 de junio de 2009.

Dejar un comentario

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.