Un nuevo punto de partida (Flavio Capucci)

-A Escrivá de Balaguer le gustaba bendecir las últimas piedras de los edificios en lugar de las primeras. ¿Es la canonización «su» última piedra? ¿La consideran ustedes un punto de llegada o un punto de partida?
-Todo depende de la perspectiva, pues la vida de los santos se prolonga en la historia de la Iglesia, mediante su intercesión y su ejemplo. Para los fieles de la Prelatura, la canonización es un nuevo punto de partida, un recomenzar ilusionado, una llamada a la conversión. El punto de llegada al que debemos dirigirnos todos las personas es el Reino de los Cielos.
-Entre la gente que ha venido a la canonización se está haciendo una colecta para programas educativos en África, el continente de los disgustos. ¿Tiene el Opus Dei predilección por África?
-El beato Josemaría no tuvo oportunidad de visitar África, pero le manifestaba un gran aprecio. Me impresionó la ilusión con que impulsaba los comienzos de la labor del Opus Dei en ese continente, y con que seguía las noticias sobre el desarrollo del apostolado. Yo he podido acudir a África en diversas ocasiones, primero acompañando a monseñor Álvaro del Portillo -el primer sucesor de monseñor Escrivá de Balaguer-, y después como prelado del Opus Dei. Junto a las visibles dificultades que atraviesa el continente, he tenido siempre la profunda alegría de encontrar muchas personas llenas de fe y de deseos de ayudar a construir el futuro de sus pueblos. Hay mucho que dar a África, pero también mucho que aprender y que recibir de África. El Proyecto Harambee 2002 quiere ser un grano de arena en esa línea. En este momento alegre de la canonización, es un modo de recordar con hechos a quien sufre necesidad. El término harambee expresa en swahili una realidad y una esperanza: que todos juntos podemos superar los obstáculos. Quizá por eso, África ocupa un lugar especial en el corazón de todos los católicos y de muchas otras personas de buena voluntad.
-Algunas personas que convivieron con Escrivá me han dicho que estan contentísimas pero que, al mismo tiempo, se reavivan los recuerdos y la nostalgia, la «morriña»…
-La separación física, en 1975, nos costó mucho a todos. Pero a mí, por lo menos, me llena de alegría que haya recibido el premio de contemplar la presencia de Dios. Yo siento «morriña» sólo en el sentido de que, aunque nos ayuda con su intercesión desde el Cielo, en los momentos de importancia desearía tener la seguridad de su consejo explícito. Pero también nos damos cuenta de que nunca quiso ser imprescindible. Y cuando nos decía que llegaría un momento en que tendríamos que tomar el relevo, lo decía con gran sinceridad. Para que nos hiciésemos cargo de que somos responsables, con nuestra vida personal, no sólo de hacer el Opus Dei sino de ser Opus Dei.

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