¿Y los riesgos de embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios?

Embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios tiene unos riesgos evidentes: los mismos que corren las personas que comprometen y entregan su vida por amor.

Vocación y libertad. Algunas ideas para la propia reflexión:

– El sentido de la vida, de mi vida, es servir a Dios.

– Por tanto, el verdadero éxito de mi vida no es cumplir el objetivo que yo me proponga sino descubrir y poner los medios para que se haga en mi vida la Voluntad de Dios para mí.

– Dios quiere que me entregue a su servicio libremente –nadie puede decidir por mí— , por amor, sin coacción interna ni externa de ningún tipo.

– Puedo equivocarme, acertar, elegir el bien o el mal. Es el claroscuro de la libertad.

– Dios no me impone su proyecto para mi vida. Me lo propone de una forma y un modo que no son nunca excesivamente claros y evidentes. Dios habla en penumbra, para respetar mi libertad.

– Dios quiere contar conmigo: para eso me ha dado unas virtudes, unos talentos, de los que quiere servirse; y junto con esas virtudes, unos defectos, de los que quiere servirse también, para darle gloria (de diversos modos: aceptándolos, procurando mejorar, etc.. ) Es decir, Dios cuenta con mis virtudes y defectos, con el libre ejercicio de mi libertad.

Toda verdadera respuesta a la llamada de Dios es una respuesta libre, y tiene que asumir la incertidumbre y el riesgo que se da en todas las decisiones humanas.

Esa respuesta exige responsabilidad, madurez y conciencia clara del alcance de los compromisos que se asumen con plena libertad.

Pero, si Dios quiere que sea santo… ¿soy verdaderamente libre?
Sí; recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1742: La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo exterior.

Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.

Al decir que sí al Señor hay que ser consciente de lo que se hace: se está ejercitando responsablemente la propialibertad, por amor.

(tomado de Con el Papa)

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